sábado, 24 de noviembre de 2012

Moonlight train.

Despertarse de aquel sueño que revivía la peor de sus pesadillas reales en su vida no era una sensación agradable. A pesar de que era muy temprano y de que el carro de Apolo aun no había comenzado su viaje, decidió que sería buen momento para comenzar el largo y apasionante día que lo esperaba. Sin embargo, al darse la vuelta para poder desenredarse de las sabanas, Morfeo decidió secuestrarlo de nuevo. Tal vez eso fuese lo mejor. A pesar de haber dormido una cantidad de tiempo el doble de su dosis habitual, aquello había parecido convertirse en una droga. Las noches eran el único momento de paz en el trascurso de las semanas. Y a pesar de que dedicaba gran porción de ellas a hablar con la gente que de verdad le importaba, los sueños se antojaban demasiado apetecibles en mas de una ocasión.
Los ángeles del pasado, presente y futuro elevaban todos sus pensamientos hacia el cielo del olvido, aletargando sus fastuosos problemas, que regresarían en el brusco despertar de la melodía de piano del amanecer. Sus rostros, ocultos por una luz blanquecina cegadora, se reconvertían en todas las personas que habían jugado algún papel estratégico en su vida. Las estrellas de la imaginación descendían fugaces sobre la faz de aquella tierra fantasiosa, aportando contradicciones reales, infinitos imposibles y tiempos superpuestos en una atmósfera de cálidos y reconfortantes vapores de sentimientos.
Las marcas que la gente graba a fuego son permanentes en el corazón y permanecerán ahí por mucho que esa gente desaparezca. Esto podría parecer divertido incluso, pero cuando la ausencia se hace insoportable, dichas marcas se convierten en abrasadoras puñaladas de dolor que desangran poco a poco a la felicidad, que tantas veces es secuestrada en el periodo de las lunas que dura una vida.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Desengaño musical.


Caer en un profundo mar de oscuridad sin sueño, sin espacio ni tiempo, solo ingravidez total hasta que la inmensidad se hace tan oscura que se convierte en un haz de luz cegadora. De pronto: Suelo.
Silencio. Como el siseo de una serpiente se extiende por los confines de mi universo. Es el reposo absoluto, la calma, el grácil comienzo de todo. Ni siquiera nosotros podemos percibirlo, puesto que nuestra insignificante existencia requiere de un motor constante que se empeña en impedirnos experimentar la maravillosa sensación de la inexistencia por un instante. Tal vez por eso la muerte es algo misterioso: perdemos el sentido de la audición y durante los segundos en los que permanecemos con vida pero nuestra pequeña bomba interior decide detenerse, es posible experimentar la paz deslumbrante que el alma concupiscible no es capaz de apreciar.
En la lejanía de los confines de la percepción, donde las melodías se transforman en suspiros, aparece un suave y mullido colchón armónico,  en grave  tono menor, evocando lo que podría ser perfectamente la eclosión de una obra de arte. Parece que se acerca, pero lo hace tímidamente, manteniendo su casi imperceptible volumen, y acrecentando poco a poco las ansias de algo que se pudiera apoyar en él.
De repente, al otro extremo de mi desmesurada sensación de seguridad sobre tal plácido colchón, aparece algo nuevo, algo distinto, algo musical. Nuevas voces invaden tu mente. El sonido de un piano arpegiando escalas de ultratumba con paso fúnebre, con calma para pasar de un sonido al siguiente. Todo es continuo, formando un conjunto que evoca el recuerdo al mal presagio.
La inseguridad se apodera de mí. Si estas voces han podido surgir de los entresijos del infinito, solo un ser superior podría determinar qué será lo siguiente. Pero no hay tiempo para demasiadas cavilaciones, pues el siguiente elemento no tarda en llegar.
Levantando su arco al mismo tiempo, una horda de violinistas invisibles acechantes en la frontera de la realidad, deslizan con suavidad sus armas sobre las tensas cuerdas de sus afinados instrumentos.  El resultado: un sentimiento. Armonías tan agudas y frágiles que parecen descender de la cumbre del mismísimo monte Parnaso, como enviadas por las musas de Apolo. Se van posando suavemente sobre mi umbral auditivo, llenando de sonidos tu cabeza, cayendo como en cascada, dejando que la gravedad haga su trabajo. Ya no hay escapatoria. Todos están aliados, y se hacen más fuertes por momentos, haciendo que los muros de la hipocresía y del egoísmo de tu interior comiencen a retumbar. Te sientas, con gesto de preocupación, mirando al suelo, pálido como si de nieve virgen se tratase, pues es el único lugar del cual aun parece que no proviene nada que haga peligrar esa maligna integridad humana.
En esta atmosfera continua, que rescata emociones ya olvidadas y hace florecer pasiones como los cerezos primaverales que traen la alegría de los niños y la desgracia de los alérgicos, aparece otro elemento más. Como centellas disparan sus escalas los piccolos y flautas, ascendentes y descendentes, a tal velocidad que parecen infinitas. Estrepitosas subidas, vertiginosas bajadas. Escalas de tristes modos, inspirando alaridos nocturnos desesperados aferrados al dolor.
Es tal el loco movimiento de las notas a través del papel que genera movimiento en el resto de instrumentos. Es la revolución de los violines, que tratando de imitarlos abandonan su estática posición en la melodía para comenzar arpegios acelerados, robando su papel al piano, que, dominado por un pianista endemoniado inexistente ahora prefiere dedicarse a esforzar acordes imposibles maquillados con esbozos de una melodía encantadora.
Este estrepitoso movimiento generado instantáneamente, provoca un giro inesperado en tu corazón, que se retuerce, exprimiendo las primeras gotas de odio y egoísmo que esos momentos de melodía pueden extraer. Una mueca de dolor aparece en tu cara. “Será doloroso”, acabas de descubrir.
Durante el pequeño tramo de magia que ha comenzado a producirse en esta mente cansada, el volumen del antídoto contra la ignorancia y la hipocresía ha ido in crescendo hasta alcanzar la potencia del tono de arenga de los grandes luchadores.
En este cuadro, deseosos de participar en el acto de purificación, entran en escena el resto de músicos. Corriendo a cuestas con sus instrumentos y desprendiendo una cálida aura de inspiración ferviente en el ambiente. Un soplo de aire fresco en la estancia recién despertada de si largo letargo. Trompetas, trombones, clarinetes, flautas, oboes, saxofones, las trompas, el fagot, todos quieren formar parte de este canto celestial a la vida.
Comienzan a trazar dulces melodías, entre las que se pueden percibir los primeros albores de esperanza, de sensaciones positivas, de amistad. Lágrimas dolor resbalan por mi cara, estremeciendo la delicada piel, a punto de arder debido a todo el conjunto de emociones liberadas de mi interior. Estos angelicales susurros de perfección han roto el poderoso candado del escondido baúl de sensaciones censuradas por la dictadura de inmoralidad y fanatismo científico.
Ahora, las poderosas notas de la cuerda se deslizan suavemente sobre el removido colchón de los bajos, que mece la melodía como la hamaca de una anciana en una calurosa puesta de sol de verano. Sus trazos limpios recuerdan al primer vuelo de una mariposa tras la eclosión de su protección, que experimenta por primera vez el calor del sol en sus alas. Las variaciones dinámicas de los clarinetes, emprendedores de la nueva sinfonía de la libertad, otorgan el grado exacto de solemnidad que requiere el momento. Sujetados por las trompetas, que en una octava superior realizan adornadas variaciones sobre su melodioso canto, se mandan cumplidos con las flautas y las trompas que flirtean con respuestas animadas es incluso divertidas, burlándose de mi dolor. 
Boca arriba, tumbado en el suelo, jadeando y con palpitaciones de dolor en el pecho, trato de conservar lo poco de mi ser que queda en pie. Toda la maldad, el egoísmo y el odio son expulsados fuera. Salen volando llevados por los sonidos, que como pequeños cirujanos, se encargan de alejarlos de mí en un catastrófico, largo y doloroso proceso. Los recuerdos que invaden mi mente aprisa, infestándolo todo con el perfume de las flores de los campos de la nostalgia. Las recién abrillantadas imágenes de otros tiempos de pasean ahora a sus anchas por mi cabeza, desatando los hilos de fiereza y rencor que sostienen el gran puente de inseguridad.
En estos momentos, una bella y valiente sinfonía ha invadido la sala. Que ingenuo fui al pensar que tal vez en algún momento podría dejar de escuchar estas melodías del pasado. Con un rugido atronador, los graves de las cuerdas toman las riendas de la situación e inician la ofensiva, apoyados por el resto de músicos de magia, que con sus adornos y pequeños motivos animan a que la fase final sea rápida y sin piedad.
Mis oídos se quejan de este volumen, que sin piedad continua en crescendo. Nauseas, dolores. Me acurruco en el centro de la estancia, como el ovillo de lana de la anciana ciega que lo ve todo. Lo peor de todo es que, a pesar del sufrimiento, comienzo a pensar que esta tortura es merecida.
Todas aquellas veces en las que no sentimos nada, todas las canciones desperdiciadas, todas las voces menospreciadas, hicieron que en lo más hondo de nosotros surgiesen el odio, el rencor, la envidia y el egoísmo, que estos cirujanos del alma tratan de extirpar utilizando sus sádicos instrumentos con presteza.
El tremendo volumen, la precisión cercana a la perfección y la originalidad de esto que me rodea atrae a seres tan mágicos como los sonidos que surgen con el roce de las cuerdas con el arco, del viento a través de la madera y del metal: las hadas, las ninfas y las musas hacen acto de presencia, revoloteando y danzando mientras flotan al son de la música. Parecen ser el último argumento que tiene mi captor, Morfeo, para convencerme de que la batalla la ha ganado él. Ahora ya no importa si perezco en la operación, pues si de veras mi corazón merece seguir con vida, resistirá, y nacerá en mi interior, de las cenizas del fénix de la inspiración encarcelada, una nueva ave más fuerte y poderosa contra la magia de los sueños.
Silencio. Un corte súbito en el espectáculo hace que todo desaparezca de repente. No hay rastro de nada, ni quiera el eco del grito de furia de la música. Todo queda reducido a sombras negras que se difunden en la palidez del suelo, retratando la realidad efímera de los sentimientos que nos acompañan todos los días. Cierro los ojos y aun puedo ver las palabras escondidas entre todas aquellas notas, entre los acordes de la resurrección de la felicidad. 
Con el rostro inexpresivo y el cuerpo congelado, me quedo inmóvil en la inmensidad ahora vacía, esperando a que el sueño venga para despertar.
“Nunca subestimes el poder de una canción.”

martes, 23 de octubre de 2012

El trazo del pincel del destino se ha cruzado en mi camino.

"Estar despierto en las noches mas cansadas del invierno de la vida.
Llover mentiras sobre en lago de la amistad iluminado por el arco iris de los sueños.
Entonar melodías de tristeza en el colchón de contrabajos de la sinfonía de la vida.
Susurrar conocidos versos en místicas lenguas a su oído, acariciando la fría y aterciopelada piel de la soledad.
Contemplar el deslizar de las manecillas del reloj de la aventura, apresurando los últimos instantes de pensamiento bajo el cálido techo de protección soñado.
Centellas de realidad que atraviesan la habitación fugazmente y que son toda la guía posible para esta vida."
Todas estas y mas apasionantes sensaciones, pasiones y emociones en la obra de tu vida en el teatro del mundo.

lunes, 1 de octubre de 2012

Jardines de pensamiento


Corría desilusionada por los campos de amapolas que rodean la pequeña casita de campo en mitad de la nada en la que había pasado los últimos 18  años de su vida, dejando tras de si rastros de su ondeante cabello dorado. Como huyendo de las fieras del oscuro bosque que desde el infinito retorno sus ancestros le habían enseñado a temer, tanto de día como en pesadillas, subió las escalerillas de madera de arce recién pintadas de blanco por su abuela, que probablemente se encontraría en el patio trasero tomando su habitual bebida de limón mientras contemplaba la puesta de sol. Pero aquel día había sido tan apabullante que cayó en un profundo sueño, del que ni siquiera el golpe con el que su nieta abrió la puerta de la entrada principal la despertó. No era a las cosas del bosque a las que tenía miedo, sino a las de su interior.

Tras el portazo y cuando no hacía más de un instante que había atravesado la puerta, la pobre muchacha quedo parada en seco, suspendida en el aire una centésima de segundo, el tiempo equivalente al de una orquesta para dar la última nota de una gran sinfonía. Y tras ese bello instante de grandeza en el que sus preciosos ojos azul cobalto pudieron contemplar las luces de hadas de que se reflejaban a través de la vidriera de cristal de la sala, mostrando el gran baile de seres mágicos que hay en cada momento de la existencia y que muy pocos ven, derrumbase la muchacha inconsciente en el inexpugnable abismo que se había formado de pronto ante ella, y únicamente dejo tras de si el rastro de las lagrimas derramadas durante su relativamente corta existencia y sus puros ropajes, que por muy castos que hayan permanecido, nunca podrían atravesar la barrera que separa el mundo del universo de la fantasía y de los sueños.
En la linde del bosque, una pálida sombra enmudeció al escuchar, con su agudo oído, la imperceptible exhalación de vida que había emanado de la chica en aquel instante. De modo, que tras tales acontecimientos, optó por correr, huir y desaparecer del mundo. Cual rayo partió a la luz de aquel sonriente cielo nocturno, símbolo de maldad e injusticia que el universo anti paralelo de la felicidad y la armonía ejerce sobre las desdichadas vidas de los habitantes de la aldea del desamparo.
Tenaz, fugaz, clavando sus patas en la tierra por fracciones de segundo se dirigía al lugar más sagrado de su hábitat que conocía, el lago de las animas enclaustradas. A pesar de este peculiar nombre, por el cual los mortales no eran muy propicios a acercarse a las aguas de esta fuente de conocimiento, aquel lago era un santuario. La mayoría de entes que habitaban aquellas tierras desconocían, o pretendían desconocer su cometido en aquel inhóspito lugar, dirigiendo sus vidas, al tedio, a la rutina, al basto hastío que produce sentarse a mirar una caja en la que representan ideales sobre lo que ellos jamás lucharían por alcanzar.
Llego al claro que se abría frente a las aguas, y saludo a la luna como sus antepasados habrían hecho en tan marcada ocasión, porque no todos los días se forja una estrella, una estrella de valor, honestidad, inocencia, una estrella muy brillante, más brillante que el mismísimo mercurio, que el sol de los inmortales. La luna, centro especial de la comunicación del individuo con el yo y que tantas reflexiones a estrafalarias horas había provocado a los bohemios pensadores que se habían dejado caer en aquel Infierno, y a los que las criaturas mágicas debían rescatar de aquel mar de incultura.
Las semicorcheas se apretujaban en el compás del momento para contemplar el ritual que el fauno debía ofrecer a los astros para que estos iluminaran con su sonrisa el punto exacto del alma de la muchacha, ahora en el limbo de la vida y lo que no es vida. Y es que lo que es distinto a la vida, es no vida, obviamente, pero no muerte. La muerte solo existe para los pobres mortales que se empeñan en que su paso por la tierra, la huella marcada que todos dejamos al nacer, quede tapada por las cenizas del tiempo. Los sueños soñados de aquellas mentes menos despiertas quedaran congelados en el aire espacial para que el suave impulso del vals del tiempo los arrastre a las cascadas del límite de la existencia y finalmente se pierdan.
Posándose sobre los nenúfares del lago como si de una pluma se tratase avanzo hasta el centro de la laguna, acercándose lentamente a la rosa del centro. Una rosa, flotante, del mismo color que el de los ojos de la muchacha, cuya figura se veía resaltada por las plateadas aguas de la noche sobre las que descansaba. Apoyada en una especie de cántaro que flotaba en el agua, rebosaba una energía, que atraía con su silencioso canto a todas las bellas criaturas del bosque, que como en procesión, habían rodeado la laguna y habían dejado al fauno en mitad del estanque bajo la atenta mirada del cielo.
Con sus afiladas y desgarradoras manos, el fauno tomo la rosa con una delicadeza extrema, y la rodeo con uno de los rubios largos y lacios cabellos , que la joven había dejado en un arbusto mientras escapaba de aquella batalla consigo misma en el interior de la espesura de la memoria. Al contacto, comenzó a liberarse la fragancia de las musas, inspiradora para cualquiera, y la rosa se elevo lentamente al canto de las hadas de la vidriera de cristal, hasta perderse en la oscuridad de la noche, dejando solo visible, el profundo destello que al contacto emitía el dorado cabello. Al final se posó en la inmensidad del cielo, y allí reposo durante la eternidad, para contemplación de todas aquellas almas necesitadas de un poco de inspiración en el infierno humano en el que se plantean vivir muchos día a día.

viernes, 21 de septiembre de 2012

It's a hard life.


Derramaba sonrisas en una cascada de brillantes y acorazados sentimientos. Sentimientos encerrados en aquella caja de metal, forjada tras el paso del tiempo por los oscuros seres de la soledad, que remachaban una pieza mas fuerte que la anterior a cada día que pasaba.
Recogía lagrimas en su canasto como si de flores para su abuela se tratasen, regurgitando el miedo, la aprensión, la locura, en forma de colores y valientes sinfonías.
Se derrumbaba poco a poco, de pies a cabeza, dejando el botón de OFF de su cerebro en ultimo lugar.
Pero si todo aquello que hacia lo hacia por las personas que queria, no tenia ningun problema en vivir asi, aunque fuese por un corto periodo de tiempo...
"La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes."

lunes, 20 de agosto de 2012

Rêves de Lumière

Aquella noche en principio poco prometedora viajaba escandalosamente rápido a la cumbre de la motivación. A pesar de la tormenta que se acercaba al oscuro y solitario paseo que bordeaba el río, la sonrisa de su cara era inborrable. Ni las deidades de la noche podrian provocar algo tan espantoso que la hiciese desaparecer.
Relámpago. Aquel atardecer habia sido magnífico, y mientras hablaban, la luna habia hecho su aparición por detras de los edificios, obra del poderio y prepotencia humanos. El indomable viento del pueblo arrastro  hasta sus oídos el sonido de las campanadas de media noche. Era una de esas calurosas noches de verano en las que los sueños viajaban a su antojo eligiendo las mentes mas despiertas para posarse e ingeniar nuevas obras de arte, nuevos relatos, nuevas invenciones que facilitasen la vida a la especie dominante de aquel planeta escondido en lo mas recóndito del universo.
Trueno. Caminando de lado a lado del paseo, como llevaba haciendo desde que la melodía del telefono había interrumpido su meditación, podría pasar horas hablando con aquellos seres únicos que designaba con la palabra "amigos". Lo increíblemente reconfortante que podían ser esas llamadas en tiempos de incertidumbre emocional hacían que volviese a tener fe en la capacidad del ser humano para resolver misterios inmateriales.
Rayo. El viento comenzó a tejer la dulce y relajante melodía del susurro de los árboles. El canto de los grillos adormecía sus pensamientos y guiaba sus pasos al compás del mismo. En solitario. Como siempre. Era una buena forma de abstraerse del gran teatro del mundo. Si, teatro, porque al fin y al cabo que es el mundo sino un gran escenario donde cada actor-persona interpreta su papel lo mejor que puede antes de que el apuntador le indique la puerta de salida.
Luna. Si no fuera por la belleza de esa gran obra de teatro llamada vida, muchos optarían por abandonar el papel y quitarse la máscara bajo la cual su verdadera identidad queda oculta, al menos a priori, pues el arte de conocer a una persona verdadera por dentro consiste en activar los resortes que permiten apartar esa falsa cortina de humo y dejan a la vista el alma desnuda de ese ínfimo habitante de la historia del universo.
Oscuridad. Pero la mascara no es en absoluto fácil de arrancar, y la dureza con la que nos suele tratar el director de obra de la vida, hace que muchos otros opten por una opción mucho mas utópica, perfecta, pero, en realidad, menos real, dependiendo, claro está, de que consideremos la verdadera realidad.
Sueños. Por supuesto hablo de los soñadores. Esa gente que parece caminar despistada por todas partes, que solo presta atención a las curiosidades y que incluso, elabora teorías sobre múltiples indagaciones que solo los extravagantes se atreverían a formular. Esos seres que dejan que su loco interior tome las riendas de la obra y acabe con todo indicio de pragmatismo en sus mentes. Esos fantásticos seres que desafían las leyes de la ciencia constantemente. Esos geniales seres que con su grandilocuencia son capaces de ocultar el mar de dudas sobre la existencia en el que navegan al amparo de sus bohemias y en ocasiones tergiversadas mentes.
Luz. El entresijo de luces y sombras que componen la realidad es un ejemplo del entramado neuronal incrustado en los cráneos de todo ser humano. Cuenta la leyenda que cuando una neurona pasa de una zona de sombra a otra de luz en el caos encefálico, una nueva idea ilumina la mente humana, que si esta suficientemente despierta, analizará e intentará resolver para encontrar solución a un nuevo misterio de la vida.
Dudas. Océanos. Amor. Inseguridad. Caos. Reflexión. 
Todos los elementos que conforman nuestro alrededor parecen estar cada día mas interconectados y tener más significado. Pero es inevitable preguntarse si no estaremos viviendo un sueño. Un sueño eterno, y que nuestra existencia no sea ni siquiera una mota de polvo, ni siquiera la sombra de esa mota de polvo. Que no seamos nada. Lo cual no significa que los sentimientos no puedan ser reales para nosotros. Si sentir amor, odio, injusticia, aversión, placer o desconfianza es producto de la irrealidad, del sueño, permitidme que me convierta en un permanente soñador. Porque si vivir en mi mundo, es vivir en un sueño, también podría argumentar que vivir en el mundo real es otro sueño aun peor.
Y prefiero cumplir los sueños propios que los sueños de este mundo malversado por el dinero, la codicia, el egoísmo y la malos propósitos, que provienen de detractores de los sueños. La importancia de estos sueños es tal que la perdida de estas fantasías provoca efectos desastrosos sobre el afectado, desangrando su alma soñadora y simpatía natural, que queda enfrentada al mundo natural. Mas no temáis, pues aquestos daños pueden ser reparados por el poderoso poder de la magia soñadora, que reside en aquellos que creen de todo corazón en el poder de la imaginación, de los sueños y de la música.  Ese poder es llamado "amor al alma".

"Cuando nuestros sueños se han cumplido es cuando comprendemos la riqueza de nuestra imaginación y la pobreza de la realidad." Ninon de Lenclos, Cortesana francesa.


"¡Qué poco cuesta construir castillos en el aire y qué cara es su destrucción!" Fraçois Mauriac, Escritor francés

martes, 7 de agosto de 2012

Episteme.

El agudo pitido y el humo que provenían de la chimenea de piedra indicaban que su té ya estaba listo. Atabiado con su  ropa mas oscura, bebió el té a prisa, evitando quemarse las heridas de la comisura de los labios, y sin fregar la pequeña y frágil taza cogió su larga gabardina negra y marchó apurado, dejando la pequeña estufa de carbón encendida. Las campanadas del reloj de la alta y esbelta torre de la catedral daban las 6. Los repiques no sonaban alegres como el canto de los pájaros, sino que tenían un sonido quedo y mustio, el suficiente como para avisar a los viandantes de que otra hora más pasaba en aquel valle de lágrimas. A pesar de la hora, la ciudad parecía sumida ya en las sombras de la noche. Aquel suntuoso edificio, diseñado por genios de la arquitectura en tiempos en los que la fe en la humanidad se erigía en la alta pirámide del racionalismo recién nacida, era el epicentro de la tragedia. Un triste funeral acongojaba a las cientos de familias de los mineros fallecidos en el fusilamiento. Ya era el cuarto gran fusilamiento de la ciudad en los pocos meses de guerra, que había dejado demasiados sueños y corazones rotos en aquel frío invierno.
Clavados en afiladas estacas, los sentimientos habían sido asesinados uno a uno, delante de todos, y varias veces. Los sentimientos en personas habían sido condenados con cadena perpetua ,y el amor con la muerte.  Solo se premiaba el placer. Los jóvenes habían sido obligados a desaprender las palabras libertad, amor, sentir, ciencia, abrazos, querer, derechos, investigar, saber, conocimiento... Y habían sido obligados a aprender otras muchas como deber, obligaciones, ejercito, militares, patria, lealtad, fidelidad....
La nueva dictadura impuesta tras la publica ejecución del anterior alcalde, promotor de la cultura y el bienestar, había sumido al pueblo en la miseria. Pero no solo en la miseria material, sino cultural, social e ideológica, lo que es aun mas triste.Se había decretado el cierre de escuelas, bibliotecas, la universidad había sido demolida, miles de libros, grabaciones y filmes quemados en la plaza, las murallas se habían reconstruido y las armas eran el nuevo dios al que debería adorar la sociedad. Planetarios, salas de conferencias, patios culturales, auditorios, el conservatorio, y los diversos teatros eran ahora polvorines y armerías custodiadas por militares. Los ilustrados que se habían resistido a abandonar su vida habían sido fusilados al instante, ante los ojos de cualquiera que pasase por aquel desgraciado lugar, al tiempo que se alegaba la salvación de la nación con aquellos fatidicos actos. 
Caminaba presuroso por las resbaladizas y tenebrosas calles, esquivando a los agentes y militares a toda costa, una ardua tarea, porque estaban por casi todas partes. Milagrosamente llegó sano y salvo al local clandestino, aunque impregnado en sudor por el subidón de adrenalina. 
El local era pequeño, estaba húmedo y la única fuente de luz eran las diversas velas dispersas por la habitación. El único mobiliario eran una grandes estanterías abarrotadas de libros como si hubiesen sido apilados a toda prisa, y una gran mesa redonda con unos pintorescos personajes que estaban sentados al rededor de ella. Ancianos y jóvenes, altos y bajos, delgados y gordos, para entrar en aquel lugar solo había un requisito: defender la cultura y la educación por encima de todo. Algunos aun conservaban en el rostro el reflejo de la peligrosa huida hacia aquel nefasto exilio interior. Algunos tenían moratones, huesos rotos y heridas que un medico debería examinar con urgencia, pero la causa que estaban defendiendo paliaba todos los dolores. Todos sabían que un pueblo sin cultura es un pueblo manejable. 
A pesar de todas las atrocidades cometidas por los salvajes soldados del ejercito de la decadencia y de todos los lugares destruidos por aquellos insensatos habían conseguido salvar unos pocos resquicios que escondían en siete locales de ese tipo repartidos por toda la ciudad. Estaban claramente en desventaja, pero sabían que jugaban con una gran carta, y es que lo que pretendían arrebatarles, sus conocimientos, sus derechos, su cultura, no era algo solo material, recogido en libros o en instrumentos, sino que la esencia de todo aquello residía en las personas, y gracias a los azares del destino, no todo el mundo en aquella sociedad había abandonado esa esencia a su suerte.
Llegados al punto en que una parte importante de la sociedad no valora la cultura ni el conocimiento de ningún tipo, ni musical, ni literario, ni artístico, ni científica, ni incluso religioso, parece el momento de plantearse qué es lo que falla en la educación de esos pobres desdichados, que no saben que es el placer de escuchar una canción preciosa por primera vez, de leer una novela fantástica, de descubrir cosas acerca del mundo que nos rodea, de descubrir nuevas formas de plantearse la existencia, de explorar para descubrir los horizontes del conocimiento humano.
Esos pobres infelices, que comparten mas cosas con los animales que con el pensamiento humano, se verán superados por todos los motivos anteriores, que ellos, orgullosos de su ignorancia, se niegan a experimentar y optará por utilizar su única alianza, la fuerza. Pero la fuerza solo diezma, no destruye el conocimiento. Y si acaban con todos aquellos que valoran cualquier atisbo de cultura mediante las armas, sus diosas, construirán el mundo más pobre que jamás podría existir. Pues un pueblo sin cultura esta vacío y su existencia carece sentido. Y una cultura basada en la ignorancia, no es cultura, pues la cultura requiere conocimiento. Si nos vemos destruidos por este espantoso modo de vida, creo que podemos afirmar por fin, que la esencia humana ha perecido a lo largo de la historia.
" Todo sistema guarda en sí mismo el germen de la autodestrucción." Karl Marx